(1886-1905)

“Rogad por mí para que pueda curarme y llegar a ser sacerdote… si es la voluntad del Señor”

Inicio del proceso 6-12-1926
Venerable 12-7-1982
Beatificación 11-11-2007

Ceferino Namuncurá nació el 26 de agosto de 1886 en Chimpay, un pequeño poblado del valle medio del río Negro, en el sur de Argentina.
El indígena era hijo de Manuel Namuncurá, un cacique mapuche que dominó extensos territorios hasta que fue acorralado por la avanzada militar argentina, que diezmó ese pueblo aborigen.
Ya sin fuerzas, el cacique se rindió en 1884 y fue nombrado coronel del Ejército argentino, mientras su tribu era obligada a trasladarse de la Cordillera de los Andes a la inhóspita Chimpay. Ceferino Namuncurá fue bautizado en 1888, pero también fue criado en las creencias de un pueblo profundamente religioso.
A los 3 años de edad, cayó a un río y fue arrastrado violentamente por la corriente, pero logró volver a la orilla, un hecho que fue considerado milagroso por su tribu.
A los 11 años y viendo la postración de su tribu, Ceferino pidió a su padre que lo enviara a estudiar para “ser útil” a su gente.
En 1887 el niño ingresó en Buenos Aires en el colegio Pío IX, de los salesianos.
En la escuela, Ceferino Namuncurá estudió con tenacidad el español y el resto de materias de su curso, además de integrarse en el coro, donde coincidió con un joven que años después se convertiría en el actor y cantor de tangos Carlos Gardel.
Por lo demás, y aunque la mayoría de sus compañeros le respetaban y apreciaban, no fueron pocos los gestos de desdén y burla que tuvo que soportar por su condición indígena.
Mientras se formaba, el adolescente demostró una inclinación especial por el Evangelio de Jesucristo que más tarde cristalizaría en una decidida vocación por el sacerdocio.
Pero Ceferino halló el primer escollo a su vocación en su propia condición de “hijo natural”, que por entonces era un impedimento para la carrera eclesiástica.
La madre de Ceferino, Rosario Burgos, fue desterrada cuando Manuel, que como cacique tenía el “privilegio” de tener varias mujeres, se convirtió al cristianismo y optó por casarse con otra mujer. Ceferino también tuvo que afrontar una enfermedad que le impedía ingresar en la orden salesiana.
Afectado por la tuberculosis, el joven fue enviado en 1902 a una escuela en Uribelarrea y un año después a otra en Viedma, donde comenzó a formarse junto a un grupo de aspirantes a salesianos. Pero su salud empeoró y cuando el grupo de novicios debió mudarse a otra ciudad para seguir con su formación, Ceferino fue obligado a despedirse de sus compañeros “con la cabeza inclinada, triste y conteniendo las lágrimas”, reseña su biografía.
El obispo salesiano Juan Cagliero, vicario apostólico de la Patagonia, decidió entonces llevar a Ceferino Namuncurá a Roma para buscar una cura a su enfermedad.
En 1904 el aborigen argentino fue recibido en audiencia por el papa Pío X, quien quedó admirado por su educación y sencillez.
Su salud continuó empeorando y el 11 de mayo de 1905, cuando aún no había cumplido los 19 años, Ceferino murió en el hospital romano “Fratebenefratelli”.
Sus restos fueron repatriados a Argentina en 1924.
La causa para la canonización comenzó en 1947, pero años antes la devoción popular ya le había concedido un lugar de privilegio al “lirio de la Patagonia”.
En 1972 fue declarado “venerable” por el papa Pablo VI, mientras que el 6 de julio de 2007 Benedicto XVI aprobó el decreto por el que se reconoce un milagro hecho por su intercesión y que habilita su beatificación.
El milagro atribuido a Ceferino data del 2000, cuando una mujer argentina de 24 años pidió intensamente su intercesión ante Dios para salvarla de un cáncer de útero y se curó, hecho que no pudo ser explicado por los médicos que la trataron.
La ceremonia de beatificación fue celebrada en Chimpay el 11 de noviembre de 2007.
El día del beato Ceferino se celebra el 26 de agosto.

ORACIÓN A CEFERINO NAMUNCURÁ
Señor Jesús,
te damos gracias por haber llamado a la vida y a la fe
al peñi Ceferino, hijo de los pueblos originarios de América del Sur.
Él, alimentándose con el Pan de Vida,
supo responderte, con un corazón entero,
viviendo siempre como discípulo y misionero del Reino.
Él quiso ser útil a su gente, abrazando tu Evangelio
y tomando cada día su cruz para seguirte
en los humildes hechos de la vida cotidiana.
Te pedimos por su intercesión que te acuerdes
de los que todavía peregrinamos en este mundo
(pedimos en silencio las intenciones que cada uno trae en el corazón)
Que también nosotros podamos aprender de él:
su amor decidido a la familia y a la tierra,
la entrega generosa y alegre a todos los hermanos,
su espíritu de reconciliación y comunión.
Para que un día celebremos
junto a él y todos los santos
la Pascua eterna del cielo.
Amén.